El fútbol no solo se juega con los pies, también con la cabeza. Y pocos escenarios ponen tanto a prueba la gestión emocional de los jugadores como un Clásico. En ese contexto, donde la pasión, el orgullo y la exposición mediática se multiplican, cada gesto y cada palabra pesan. Dos de los protagonistas de esta rivalidad, Vinícius Júnior (25) y Lamine Yamal (17), representan dos etapas distintas del desarrollo deportivo… y también emocional.
Vinícius es pura energía emocional. Esa intensidad forma parte de lo que lo hace tan competitivo, pero cuando no se canaliza bien, puede convertirse en una fuente de distracción o conflicto. Gestionar la emoción no significa reprimirla, sino expresarla de manera funcional. La pasión es su motor, pero también su reto: aprender cuándo suma y cuándo empieza a restar.
El ego en el deporte tiene un papel crucial. Puede ser un motor que impulsa a mejorar, pero también una trampa cuando se convierte en un escudo ante la crítica o la frustración. En jugadores tan expuestos como Vinícius o Lamine, el ego muchas veces actúa como un mecanismo de defensa frente al juicio constante. Mantenerlo equilibrado implica aceptar el error sin perder la confianza, y distinguir entre la identidad del jugador y la persona que hay detrás.
Entre los 17 y los 25 años hay una gran diferencia en la forma de vivir la emoción. A los 17, las emociones se sienten sin filtro y el cerebro aún está aprendiendo a gestionar los impulsos. A los 25, el jugador debería haber aprendido a modular sus reacciones, aunque la madurez emocional no siempre evoluciona al mismo ritmo que la deportiva. En ambos casos, el entorno tiene un papel determinante: un entorno que aporte estructura, límites y referentes sólidos puede marcar la diferencia entre crecer desde el equilibrio o desde la presión.
El Clásico no es solo un partido: es una prueba emocional. Hay adrenalina, orgullo, identidad, cámaras y millones de miradas. En esa atmósfera, el sistema nervioso está en alerta máxima y cualquier provocación se percibe como una amenaza. Mantener la calma requiere entrenamiento mental, no solo talento. La exposición mediática, además, amplifica la necesidad de “responder” o mantener una imagen fuerte. Cuando el jugador actúa desde el personaje y no desde la autenticidad, termina alejándose de su equilibrio y de su mejor versión.
Muchas veces, los conflictos más visibles nacen de interpretaciones internas. Ser sustituido, por ejemplo, puede vivirse como una decisión técnica o como una humillación. Cuando el jugador lo interpreta como “no confían en mí”, se activa la herida del ego y aparece la reacción impulsiva. Lo importante no es el hecho en sí, sino el significado que se le da.
Para un joven como Lamine, entrar en el juego de la provocación frente a figuras mayores puede parecer un signo de carácter, pero en realidad lo aleja de su foco y frena su rendimiento. Entra en un terreno emocional que no controla y donde el rival marca el ritmo. Su desafío está en construir una identidad sólida que no dependa de la aprobación ni de la respuesta.
En el fondo, tanto Vinícius como Lamine están aprendiendo la misma lección: convivir con su propio reflejo. Para uno, el reto está en transformar la intensidad en madurez; para el otro, en aprender que no todo merece respuesta. Dominar la cabeza, en el fútbol de élite, es tan determinante como dominar el balón.

