En el deporte, en general todos tenemos una idea clara de que hablamos cuando nos referimos al rendimiento, sin embargo pocas veces nos detenemos a pensar cómo lo analizamos y desde qué criterios lo evaluamos. Muchas veces nos encontramos en consulta que los deportistas hacen una valoración del rendimiento exclusivamente basado en sus resultados, si gané rendí bien, si perdí mal. Esta valoración tan simplista y sesgada nos impide construir una confianza sólida. En otras ocasiones esa valoración se realiza basándose exclusivamente en las sensaciones: “me salió bien”, “estuve mal”, “no hice lo que quería”.
El problema de analizar desde la emoción o desde la memoria es que pueden estar sesgadas, y cuando nuestro juicio está filtrado por el resultado —ganar o perder— la conclusión no suele ser objetiva y en muchas ocasiones es injusta tanto para el deportista como para el equipo.
Por eso, uno de los pilares de la psicología deportiva es ayudar a estructurar un análisis del rendimiento objetivo , basado en criterios claros y definidos antes de competir. Sin objetivos de juego ni indicadores concretos, evaluar se convierte en opinar. Y las opiniones, por sí solas, no construyen mejora.
Cuando un deportista o un equipo tiene establecidos sus objetivos de juego —ya sean tácticos, técnicos, físicos o psicológicos— el análisis posterior se vuelve mucho más útil y honesto. La pregunta deja de ser exclusivamente “¿cómo me sentí?”, para añadir “¿en qué medida cumplí lo que habíamos planificado?”. Ese cambio de foco aporta claridad, reduce la autocrítica excesiva y, sobre todo, identifica áreas de trabajo reales, no imaginadas.
En este proceso, una herramienta cada vez más valiosa es el análisis de vídeo. El vídeo elimina el filtro subjetivo y nos muestra los hechos tal cual ocurrieron. No es lo que recordamos que hicimos; es lo que realmente hicimos. Para muchos deportistas, verse en vídeo es un choque de realidad, pero también una oportunidad inmensa: ayuda a tomar conciencia, a validar percepciones o a descubrir comportamientos automáticos que pasan desapercibidos durante la acción.
Además, el vídeo genera evidencias. Permite demostrar progresos, identificar patrones, evaluar decisiones y contrastar sensaciones con realidad. En psicología deportiva hablamos mucho de la importancia de la conciencia, y pocas herramientas generan tanta conciencia como verse actuar desde fuera. Muchas veces un deportista cree que está ejecutando una consigna, controlando una emoción o manteniendo una actitud determinada… pero solo cuando lo ve en pantalla comprende el ajuste que necesita.
El análisis del rendimiento debería ser siempre un proceso constructivo, no un juicio. Su función no es señalar errores, sino entender comportamientos. Cuando se combinan criterios objetivos previos con el apoyo del vídeo, el análisis se convierte en una guía fiable para la mejora: concreta, visual y basada en hechos. Esto aumenta la sensación de control y genera una confianza y motivación más estable, porque el deportista ve con claridad qué depende de él y cómo puede avanzar.
En definitiva, analizar el rendimiento no es un trámite posterior al partido; es una herramienta de aprendizaje continuo. Y cuando el deportista aprende a mirarse con objetividad, sin culpas y con criterios claros, el proceso de mejora se vuelve más eficiente y más honesto. Porque no se trata de juzgar lo que pasó, sino de entenderlo para poder hacerlo mejor.


