Empieza una nueva temporada. Llegas al primer entrenamiento con ilusión, ganas y una sensación que, aunque pocas veces se dice en voz alta, está muy presente: quiero demostrar que estoy preparado.
Quizá has cambiado de equipo y quieres causar una buena primera impresión. O tal vez continúas en el mismo club, pero sientes que debes confirmar que has aprovechado el verano. Sea cual sea la situación, es habitual que aparezca la sensación de estar siendo evaluado desde el primer minuto.
Y, aunque esa motivación puede ser positiva, también puede convertirse en una trampa.
Cuando el objetivo deja de ser entrenar bien y pasa a ser impresionar, nuestra atención cambia de lugar. Dejamos de centrarnos en aquello que depende de nosotros y empezamos a preocuparnos por cómo nos están viendo los demás.
Es entonces cuando aparecen comportamientos que, lejos de ayudarnos, suelen alejarnos de nuestro mejor rendimiento. Intentamos hacer la jugada más difícil, arriesgamos cuando no es necesario, evitamos reconocer errores o queremos demostrar un nivel físico superior al que realmente tenemos en ese momento.
Paradójicamente, cuanto más intentamos demostrar, menos naturales jugamos.
A esta presión suele sumarse otra muy habitual en las primeras semanas: la comparación constante con los compañeros.
«Él parece estar más en forma.»
«Ella está entrenando con los titulares.»
«Le felicitan más que a mí.»
«Yo todavía no tengo buenas sensaciones.»
Compararnos es algo normal. Nuestro cerebro utiliza la comparación para orientarse y entender dónde se encuentra. El problema aparece cuando esa comparación empieza a dirigir nuestro comportamiento.
Sin darnos cuenta, dejamos de entrenar para mejorar y empezamos a entrenar para no quedar por detrás de los demás.
En ese momento, cada error pesa más de la cuenta y cada acierto del compañero parece confirmar que nosotros vamos un paso por detrás.
Sin embargo, conviene recordar algo importante: la pretemporada no es una competición interna para ver quién destaca más en el primer entrenamiento.
Los entrenadores no suelen construir una opinión definitiva en una sola sesión. Observan la evolución, la capacidad para aprender, la actitud, el compromiso y la constancia. El rendimiento no se mide únicamente por una acción brillante, sino por la repetición de buenos hábitos a lo largo del tiempo.
Por eso, quizá una pregunta más útil no sea:
«¿Estoy impresionando?»
Sino:
«¿Estoy entrenando de una manera que me permita mejorar cada semana?»
Cambiar esa pregunta modifica también el foco de atención.
En lugar de estar pendiente de quién marca más goles o quién recibe más elogios, puedes centrarte en aspectos que sí dependen de ti:
- Mantener una buena actitud durante toda la sesión.
- Aplicar las indicaciones del entrenador.
- Comunicarte con tus compañeros.
- Competir cada ejercicio con intensidad.
- Aprender algo nuevo en cada entrenamiento.
Puede parecer menos llamativo, pero son precisamente esos pequeños comportamientos los que terminan construyendo la confianza y el rendimiento a lo largo de la temporada.
La realidad es que nadie gana una temporada en el primer entrenamiento. Tampoco la pierde.
Las primeras semanas deberían servir para recuperar sensaciones, adquirir ritmo y construir una base sólida sobre la que crecer. No para demostrar en unos días todo el trabajo realizado durante el verano.
Así que, si en el próximo entrenamiento notas esa necesidad de impresionar, recuerda una idea sencilla:
No necesitas demostrar quién eres en una sola sesión. Necesitas darle a tu entrenador y a ti mismo suficientes razones para comprobar, con el paso de las semanas, el deportista en el que te estás convirtiendo.



