Seguro que has visto esta película mil veces. Un equipo capaz de plantarle cara al líder de la liga, de jugar de tú a tú contra los presupuestos más altos y de sacar su mejor versión cuando las cámaras enfocan al rival «grande». Sin embargo, ese mismo equipo, dos semanas después, se bloquea, duda y sufre ante un rival que, sobre el papel, es igual o inferior.
¿Qué ha cambiado? ¿Se les ha olvidado jugar? ¿Es una cuestión física?
Rara vez es eso. La diferencia no está en las piernas, sino en una pequeña preposición que cambia radicalmente cómo funciona nuestro cerebro: la diferencia entre «Tengo que» y «Quiero».
El efecto «Robin Hood»: La libertad del no favorito
Cuando un deportista o un equipo se enfrenta a un «grande», ocurre algo maravilloso a nivel mental: la expectativa de victoria externa es baja. Perder entra dentro de lo lógico. Nadie te va a recriminar caer ante el campeón.
Eso elimina de un plumazo el miedo al error. Como el resultado no es una obligación, el jugador se centra en la tarea, en el juego, en el disfrute. Juega desde el «Quiero ganar». La motivación es un reto: «Vamos a ver de qué somos capaces». Y ahí es donde aparece la fluidez, la valentía y el alto rendimiento.
La mochila pesada del «Tengo que»
Pero entonces llega el partido contra un rival directo. El entorno cambia. Ahora se supone que «somos mejores». Ahora, ganar no es un premio extra, es lo mínimo exigible.
Aquí es donde muchos deportistas caen en la trampa del «Tengo que ganar».
Parece un cambio lingüístico inofensivo, pero psicológicamente es un mundo. El «Tengo que» activa en nuestro cerebro el sistema de amenaza. El partido deja de ser un juego y se convierte en un examen donde solo hay dos opciones: aprobar (ganar) o fracasar estrepitosamente (perder).
Cuando jugamos pensando que tenemos la obligación de ganar:
- Jugamos para no perder: El foco cambia de «hacer daño al rival» a «no cometer errores». Nos volvemos conservadores.
- Aparece la rigidez: El miedo a fallar tensa los músculos. Esa fluidez que teníamos contra el líder desaparece. El pase que antes dábamos de memoria, ahora lo pensamos dos veces. Y en el deporte de élite, pensar medio segundo más es perder la ventaja.
- La frustración se dispara: Como sentimos que «deberíamos» ir ganando, si el partido se complica o el rival marca, la gestión emocional es mucho peor. Sentimos que estamos fallando a nuestra responsabilidad.
¿Cómo cambiamos el chip?
El trabajo no es convencer al deportista de que el partido no es importante, sino ayudarles a cambiar la narrativa interna. La clave está en transformar la obligación en ambición.
Si tienes un reto importante por delante (sea un partido contra el colista, una oposición o una presentación en el trabajo), aquí tienes una estrategia:
Olvida el resultado, enfócate en la identidad. El marcador o resultado muchas veces es mentiroso y, además, no lo controlas al 100% (un mal rebote, una decisión arbitral). Lo que sí controlas es tu identidad. En lugar de salir al campo pensando «Tengo que ganar los 3 puntos», el objetivo debe ser «Quiero demostrar quiénes somos durante 40 minutos».
Cuando cambias el foco del «Qué» (el resultado/la obligación) al «Cómo» (la ejecución/el deseo), la ansiedad baja.
Conclusión
La responsabilidad es necesaria en el deporte y en la vida, pero cuando se convierte en una losa que nos impide movernos, deja de ser útil.
La próxima vez que te enfrentes a una situación donde sientas que eres el favorito y notes ese nudo en el estómago, pregúntate: ¿Lo estás haciendo porque quieres o porque tienes que hacerlo?
Recuperar el deseo, la «hambre» y la diversión por la tarea es la única forma de que, cuando seamos favoritos, juguemos, efectivamente, como favoritos.


