A lo largo de la carrera deportiva llega un momento en el que el mayor reto no está en una competición, sino en tomar una decisión. Cambiar de club, aceptar una plaza en un centro de alto rendimiento lejos de la familia, empezar una carrera universitaria en otra ciudad, retirarse o incluso abandonar una oposición después de años de esfuerzo para buscar una alternativa más viable, son situaciones que muchos deportistas acaban afrontando.
En consulta, este tipo de decisiones son mucho más frecuentes de lo que parece. Y, curiosamente, casi siempre llegan acompañadas de la misma pregunta: ”¿Y si me equivoco?”
El problema es que solemos afrontar estas situaciones buscando algo que no existe: la certeza absoluta. Nos gustaría saber qué ocurrirá dentro de unos años si elegimos un camino u otro, pero la realidad es que las decisiones importantes siempre se toman con información limitada. Nunca podemos controlar todas las variables ni anticipar cómo evolucionarán las circunstancias.
A esto se suma otra dificultad. Existe la creencia de que una buena decisión es aquella que termina dando un buen resultado. Sin embargo, el resultado depende de muchos factores que escapan a nuestro control. Podemos tomar una decisión muy bien razonada y que las cosas no salgan como esperábamos. Del mismo modo, una decisión impulsiva puede acabar funcionando. Por eso, valorar una decisión únicamente por su desenlace suele ser un error.
Cuando trabajamos este tipo de situaciones en consulta, el objetivo no es decidir durante la sesión. De hecho, pocas veces ocurre. Antes de elegir un camino, intentamos comprender mejor qué implica realmente cada alternativa.
Una de las herramientas que utilizamos consiste en analizar cada opción teniendo en cuenta sus beneficios y sus costes, tanto a corto como a largo plazo. No hacemos este ejercicio para descubrir qué decisión es “mejor”. Lo hacemos para ayudar al deportista a ordenar sus ideas, ajustar sus expectativas y entender qué está dispuesto a asumir con cada una de las opciones.
En muchas ocasiones aparecen aspectos que hasta ese momento habían pasado desapercibidos. Hay deportistas que solo estaban valorando las consecuencias inmediatas; otros descubren que el miedo a decepcionar a su familia o a su entrenador estaba pesando más que sus propios objetivos. También es frecuente comprobar que todas las alternativas tienen ventajas e inconvenientes, y que elegir una implica, inevitablemente, renunciar a otra.
Curiosamente, cuando terminamos este ejercicio, la mayoría de los deportistas no toman una decisión en ese mismo momento. Se marchan a casa, dejan reposar todo lo que hemos trabajado y continúan reflexionando durante los días siguientes. En las sesiones posteriores suelen volver con las ideas mucho más claras o, al menos, con dudas mucho más concretas. La decisión no aparece porque alguien les haya dicho qué hacer, sino porque han tenido tiempo para comprender mejor qué significa realmente cada opción.
En ocasiones incluso ocurre algo llamativo: el deportista ya sabía cuál era la decisión que quería tomar, pero necesitaba aceptar las emociones que la acompañaban. El miedo, la culpa o la sensación de estar dejando atrás años de esfuerzo dificultaban más la aceptación de la decisión que la decisión en sí.
Quizá por eso, cuando hablamos de decisiones importantes, la pregunta no debería ser si vamos a acertar. Tal vez la pregunta más útil sea otra: ¿esta decisión encaja con mis objetivos, con mis valores y con el momento vital en el que me encuentro?
Porque, igual que sucede en el deporte, decidir no consiste en eliminar la incertidumbre. Consiste en aprender a avanzar a pesar de ella.



