Hay algo que todos los deportistas comparten, independientemente del nivel, la disciplina o la experiencia: esa pequeña voz interna que aparece en los momentos clave. A veces susurra, otras grita. Puede ser tu mejor aliada… o tu peor enemiga. Y lo curioso es que casi nunca hablamos de ella, aunque está presente en cada entrenamiento, en cada competición y en cada instante donde dudas de ti.
Como psicóloga deportiva, he aprendido que lo que un deportista se dice cuando nadie le escucha determina mucho más de lo que imaginamos.
Lo que te dices importa más de lo que crees
No hace falta conocer teoría ni conceptos para entender algo fundamental: las palabras que usas contigo mismo dejan huella. No es lo mismo salir a entrenar pensando “voy fatal hoy” que decirte “estoy cansado, pero voy a hacer lo que pueda”.
Ambas son sinceras. Pero solo una te acompaña; la otra te hunde un poco más.
Y lo hacemos sin darnos cuenta. A veces esa voz habla desde el cansancio, desde el miedo o desde la autoexigencia. Otras veces repite frases que hemos escuchado en el pasado y que se quedaron grabadas sin preguntarnos si todavía nos sirven.
La voz que te empuja… y la que te sabotea
Todos tenemos dos versiones de esa voz interna:
- La que te apoya, la que confía en ti incluso cuando los resultados no salen.
- La que te critica sin piedad, la que te exige más aunque ya estés dando todo, la que te compara, la que te castiga por cada error.
El problema no es tener ambas; es que solemos escuchar más a la segunda. La crítica es ruidosa. El apoyo, casi siempre, es tímido. Y uno de los grandes retos es dar más espacio a esa voz amable sin dejar de ser honestos con nosotros mismos.
Cuando la conversación interna se vuelve dura
Muchos deportistas me dicen: “Es que soy muy exigente, por eso me hablo así”. Pero exigencia no es maltrato. Puedes querer mejorar sin machacarte. Puedes pedirte más sin romperte por dentro.
La dureza constante desgasta. Te quita energía, te resta confianza y hace que el deporte deje de ser un lugar seguro. Porque si por fuera recibes presión, y por dentro también, ¿dónde encuentras refugio?
La voz interna tendría que ser ese lugar donde puedes reconocer tus miedos sin sentirte débil, tus errores sin sentirte incapaz y tus límites sin sentirte menos que nadie.
Aprender a hablarte mejor
No se trata de repetirte frases bonitas que no crees. Se trata de elegir palabras que te acompañen, no que te hundan. Aquí tienes algunas formas simples de empezar:
- Cambia “soy un desastre” por “hoy no me salió, pero lo estoy intentando”.
- Cambia “no puedo más” por “voy a ver hasta dónde llego hoy”.
- Cambia “fallé otra vez” por “estoy aprendiendo de este error”.
Son matices, sí. Pero marcan una enorme diferencia en cómo te sientes y en cómo actúas.
Tu voz interior también necesita entrenamiento
Igual que entrenas la fuerza, la técnica o la velocidad, también puedes entrenar esa voz interna. No para convertirla en optimismo exagerado, sino en una voz honesta, responsable y, sobre todo, humana. Una voz que te recuerde que eres más que un resultado, que un mal día no define tu identidad y que equivocarte forma parte del camino.
Porque, al final, la persona que más vas a escuchar en tu vida eres tú mismo. Vale la pena que esa voz sea una compañera y no un obstáculo.


