En el deporte infantil y juvenil solemos poner el foco en los resultados, el rendimiento o el progreso técnico. Sin embargo, hay un aspecto igual, o incluso más importante que todo eso: la actitud. La manera en la que un niño o adolescente se implica, gestiona la frustración, responde ante la corrección o se relaciona con el error no surge por casualidad. Se aprende, se modela y, en gran parte, se educa en casa.
Los padres juegan un papel fundamental en este proceso. No solo por lo que dicen, sino por cómo reaccionan ante aquellas conductas que no les gustan: enfados, pasividad, malas contestaciones, falta de compromiso o desconexión emocional tras una mala experiencia deportiva. En estos momentos es habitual que aparezca la urgencia por “corregir” la actitud de forma rápida, recurriendo a castigos que, aunque bien intencionados, no siempre son eficaces.
Uno de los más frecuentes que encuentro en consulta es retirar las sesiones de psicología deportiva como consecuencia de una actitud considerada inadecuada, entendiendo la psicología como un apoyo que los padres ofrecen y que, si no se “aprovecha”, se puede quitar.
Y es aquí donde surge mi reflexión.
La psicología no es un premio que se gana cuando todo va bien, ni un privilegio que se pierde cuando la actitud no es la esperada. Es un espacio educativo, de aprendizaje y acompañamiento emocional. Precisamente en los momentos en los que aparecen conductas desafiantes, desmotivación o bloqueos, es cuando más sentido tiene el trabajo psicológico.
Cuando se retira este apoyo como castigo, el mensaje que recibe el joven deportista suele ser confuso: “si no gestionas bien lo que te pasa, pierdes el espacio donde podías aprender a hacerlo”. Lejos de fomentar la responsabilidad o la mejora de la actitud, esta medida suele aumentar el bloqueo, la resistencia y el silencio emocional.
Detrás de una actitud inadecuada rara vez hay falta de valores. En la mayoría de los casos encontramos emociones mal gestionadas: frustración acumulada, miedo al error, presión externa, cansancio, sensación de no cumplir expectativas o dificultades para expresar lo que sienten. La conducta es solo la punta del iceberg; si nos quedamos únicamente en castigarla, perdemos una valiosa oportunidad de educar.
Los padres que acompañan desde la comprensión, sin dejar de marcar límites claros, ayudan a sus hijos a desarrollar una actitud más madura, responsable y autónoma a largo plazo.
Tips prácticos para padres
Separar la conducta de la persona
Corrige la actitud, pero evita las etiquetas (“eres vago”, “siempre igual”). Habla de lo que ha ocurrido, no de lo que el niño/a es.
Preguntar antes de castigar
Antes de sancionar, pregúntate qué puede haber detrás de esa actitud y qué emoción no está sabiendo gestionar.
No retirar apoyos educativos
La psicología, el deporte o los espacios de aprendizaje no deben utilizarse como castigo. Son herramientas para mejorar, no premios.
Validar sin justificar
Validar una emoción no significa aceptar una mala conducta. Se puede decir: “entiendo que estés frustrado, pero esa no es la forma”.
Cuidar el modelo adulto
Los hijos aprenden más de lo que ven que de lo que se les dice. La forma en que los adultos gestionan el enfado, la crítica o el error es su principal referencia.
Valorar el proceso, no la actitud perfecta
La actitud también fluctúa. Acompañar esos altibajos forma parte del desarrollo.
En definitiva, el verdadero objetivo del deporte no es solo corregir conductas, sino formar personas capaces de entenderse, regularse y mejorar. Y en ese camino, los padres no son jueces, sino guías. Porque una buena actitud no se impone: se construye.


