En el deporte de élite, el error no es una excepción: es parte del paisaje. Un pase que no sale, un tiro que se va fuera, una mala lectura del momento… Nadie se libra. Da igual la experiencia, el talento o el entrenamiento: el fallo está garantizado. Lo que separa a los buenos de los grandes no es evitarlo, sino la rapidez con la que se recomponen después.
El problema no es tanto el error, sino el significado que le damos. Hay jugadores que lo viven como una confirmación de sus miedos —“no valgo”, “ya he vuelto a fallar”— y otros que lo entienden como un bache más del camino. La diferencia entre ambos no está en la técnica, sino en la mente.
Cuando el error pesa demasiado, arrastra. La mirada de los demás, la exigencia del entorno y la autoexigencia del propio deportista pueden convertir un pequeño fallo en un punto de inflexión negativo. Un simple detalle se transforma en duda, y la duda en bloqueo.
Entrenar la gestión del error no es un lujo, es una necesidad. Igual que se entrena la fuerza o la táctica, también se entrena la forma de reaccionar ante un golpe inesperado.
Una buena puerta de entrada es el autodiálogo. Lo que uno se dice en los segundos después del fallo marca el tono de lo que viene. Si el mensaje es “otra vez lo mismo” o “soy un desastre”, el cuerpo se encoge. Si en cambio el mensaje es “ha sido una jugada más” o “me centro en la siguiente”, se mantiene la tensión competitiva. No se trata de engañarse, sino de no hundirse.
También ayuda tener un ritual de reinicio. Algunos deportistas respiran hondo, otros miran un punto fijo, otros se tocan el muslo o repiten una frase corta. Ese gesto no borra el error, pero corta la espiral mental. Devuelve al presente.
En los entrenamientos conviene normalizar el fallo. Si solo se busca la perfección, el error en competición se siente como una tragedia. En cambio, si se practican situaciones en las que se falla y se sigue, el cerebro aprende que el fallo no es el final de nada, solo un evento más.
Otro punto clave: separar el fallo de la identidad. Un jugador puede cometer un error grave y seguir siendo un gran jugador. Una mala actuación no borra todo lo anterior. Cuando se confunde el resultado con el valor personal, el deporte se vuelve una tortura.
Y, sobre todo, volver al control. Lo que ya pasó, pasó. No se puede cambiar el error, pero sí la respuesta. Quedarse enganchado en lo que salió mal es regalarle poder al pasado. Lo útil está en la siguiente acción, en la concentración que se mantiene y en la actitud que se elige.
El análisis tiene su momento, pero no durante la competición. Con la cabeza más fría, sí conviene revisar qué ocurrió, qué señales se pasaron por alto o qué podría haberse hecho distinto. Solo así el error se convierte en aprendizaje, no en castigo.
En el fondo, lo que distingue a los deportistas más regulares no es la ausencia de errores, sino la capacidad de no quedarse a vivir dentro de ellos. Aprenden a soltar rápido, a reenfocar, a seguir compitiendo. Porque al final, el deportista de éxito no es el que nunca falla, sino el que se levanta con la misma calma que antes de fallar.


