Cada inicio de temporada trae consigo ilusión, motivación y nuevas metas. Es un punto de partida cargado de energía, pero también de incertidumbre.
Los deportistas suelen plantearse grandes objetivos: mejorar marcas, ganar competiciones, consolidarse en el equipo o, simplemente, disfrutar más del deporte que practican. Sin embargo, en medio de esa avalancha de propósitos, hay un aspecto que marca la diferencia entre avanzar con claridad o dispersarse en el camino: el foco de atención.
Cuando hablamos de foco, no nos referimos solo a “concentrarse” en el presente, sino a dirigir la energía hacia aquello que realmente importa en este momento de la temporada. Es habitual que, en septiembre, muchos quieran correr demasiado rápido: compararse con rivales, fijarse en la clasificación, o exigirse rendir como si ya estuvieran en el pico de forma. Esa mirada hacia lo externo y lo lejano genera ansiedad y desconexión del proceso.
Los objetivos de resultado nos sirven de impulso, nos dan energía para esforzarnos al máximo y debemos tener claro a dónde queremos llegar. Pero igual de claro debemos de tener el proceso para alcanzar esas metas, y el foco adecuado debe estar puesto en lo controlable y en lo inmediato: hábitos de entrenamiento, rutinas de descanso, adaptación física y mental a la nueva carga. Es decir, sembrar antes de querer recoger. De poco sirve obsesionarse con la final de mayo si todavía estamos construyendo las bases en septiembre.
Un foco bien dirigido actúa como una brújula. Permite al deportista saber en qué invertir su energía cada día y evita que se disperse en estímulos irrelevantes. Además, refuerza la sensación de control: cuando uno centra su atención en lo que depende de sí mismo, disminuye la presión externa y aumenta la confianza. Esto no significa olvidarse de los objetivos a largo plazo, sino comprender que solo se alcanzan paso a paso.
Para entrenadores y equipos, este inicio de temporada es también un momento clave para alinear el foco colectivo. ¿Dónde queremos que esté la atención del grupo? ¿En la cohesión, en la disciplina táctica, en la preparación física? Si cada jugador arranca mirando a direcciones distintas, se pierde energía y aparecen las frustraciones. En cambio, si todos comparten un mismo foco inicial, se crea una base sólida sobre la que crecer.
Desde la práctica, propongo un sencillo ejercicio mental: al acabar cada entrenamiento, el deportista puede preguntarse “¿En qué he puesto hoy mi atención?” y “¿Me ha acercado a mis objetivos o me ha alejado?”. Responder con honestidad a estas preguntas genera conciencia y ayuda a reajustar el rumbo cuando sea necesario.
En definitiva, el inicio de temporada no es solo una fase de preparación física, sino también un entrenamiento mental del foco. Aprender a dirigir la atención desde el primer día es lo que permite llegar al final con consistencia, confianza y rendimiento. Como psicólogo deportivo, lo resumo de la siguiente manera: el foco de hoy es la victoria de mañana.


